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Observad a las niñas

¡Que no, Pelayo! ¡Que no tienes derecho a coger las cosas de otro y tratarlas así! ¿No ves que la cuerda es suya, Pelayo?¡y sí, puede hacer con ella lo que le de la gana!¿Pero qué te crees tú?¿Sólo por ser más grande?¡Que no, Pelayo!¡Que le dejes en paz, ahora!! Siete u ocho años, se dirige a un niño más grande en defensa de uno pequeño y sí lo tiene claro. El parque al sol del mediodía. Los padres charlando en un banco lejano. Pero no le hace falta nadie, porque todo su cuerpo sabe y todo su cuerpo habla y no hay nada más que hablar. ¡Que no, Pelayo! Ganas me dieron de aplaudir o correr a abrazarla, por todas las veces que me he tragado yo una injusticia. Nunca es tarde para aprender de una niña.

Hace unas semanas. Mi amiga Alma y yo colocamos pendientes en una cuerdita que acabo de poner en mi cuarto de baño. Ella me va pasando parejas de brillantes adornos y yo los coloco en un ritual delicioso. De pronto un par llama su atención y decide ponérselos. Yo le observo y entonces ella también  quiere verse. Le ayudo a subir hasta el espejo donde su rostro se ilumina y yo veo su reflejo, sus rizos del color de las calabazas, su blanquísima piel, sus ojos brillantes de otoño y esa sonrisa de enorme admiración cuando expresa, como si fuera la primera vez que se ve y con la más auténtica de las sorpresas: ¡¡Pero qué preciosa!! Se ha vuelto un mantra cuando me miro al espejo.

Nunca es tarde para aprender de una niña.

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