Escritos, Poesía
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Juana Castro. Recrear el  mito, encarnar a la mujer y vivir su tiempo

Podemos decir que Juana Castro es una poeta de éxito, dentro del éxito que puede tener una poeta en nuestro país. Premios importantes como el Premio Nacional Juan Ramón Jiménez de Poesía, su nombre en algunas calles, la medalla de Andalucía 2007, el Premio Nacional de la Crítica 2010… No es poco, pero ella sabe que el éxito es flor de un día y que lo único que necesita es encontrar el tiempo y escribir. Y muchas somos las que se lo agradecemos. Porque la poesía de Juana Castro es una poesía de palabra vivida con todo el cuerpo, porque cada libro es un mundo nuevo en el que vierte su obsesión o su perplejidad ante el mundo, porque hace encontrarse en armonía a la pasión y a la lucidez y porque pone a la mujer en el centro del mundo exhibiendo orgullosa su ser, su amor y también su dolor.

Mientras escribo esto pienso porqué es importante que publiquemos aquí una sección de poesía (poesía para principiantes) como se plantearán muchos en estos tiempos ¿para qué puede servir la poesía? A quien la escribe de catarsis “necesito escribir más que el comer” -afirma Juana- “sino escribo estoy que muerdo”, una suerte de medicina de las palabras, además del gran deseo de comunicar y de transmitir la belleza. Y a nosotras, las lectoras, ¿para qué nos puede servir? pues para nada menos que el deleite, hermosa palabra, para gozar de un tiempo detenido en las palabras, y de los mil y un significados que queramos atribuirles. Desde luego, sirve y si no, lean a Juana Castro.

Se define como feminista, aunque sabe que el término no se interpreta bien, que va cargado de connotaciones que no son ciertas. Para ella supone darle nombre a algo que siempre ha sentido: la necesidad de darle a la mujer el espacio que le corresponde. Escribe, no “poesía femenina”, sino como mujer y cree que eso implica escribir desde el cuerpo. Le gusta el tiempo que le ha tocado vivir, con todas las transformaciones que ha debido hacer: de la rudeza del medio rural a la ciudad de Córdoba, de la dictadura a la democracia, todos los cambios sociales y en el mundo de la pareja y la familia que ha vivido la mujer…Un tiempo de afirmación de lo femenino.

Su dedicación a la poesía es para ella un misterio. No se explica que en una casa sin libros sintiera ella desde pequeña tan grande amor por la palabra. Ella cree que debe venirle de otra vida. Participa de la revolución de las poetas de los años 80 y crece en cada libro haciendo una relectura de los mitos y dando vida con sus palabras a un nuevo referente de mujer. Le ha dado voz a “generaciones perdidas” de mujeres (Del color de los ríos), voz al dolor de una madre que pierde a su hijo (Del dolor y las alas) y además de hablar de amor, del tiempo y de la muerte, ha introducido otros temas difíciles en la vida y en la poesía como el cuidado de los padres con Alzheimer (Los cuerpos oscuros).

Nacida en Villanueva de Córdoba en 1945, Juana Castro reside en Córdoba, es profesora especialista en Educación Infantil y ha participado en programas de coeducación. Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes y de la Asociación Mujeres y Letras. Traduce poemas del  italiano y escribe artículos periodísticos y de crítica literaria. Está casada con el narrador Pedro Tébar y ha sido madre cuatro veces y  ahora también  abuela. Dice que le gustan el encinar con peñascos de Los Pedroches, que fue su paisaje de niña, entrar en una sala de cine como al útero materno, el chocolate, quedar con sus amigas, leer novelitas cortas y viajar en tren. No le gusta que la llamen “luchadora” porque no recuerda haberlo hecho nunca.

 

Espejos

Baja la loba al llano, y muerde las ventanas.

No con dientes las muerde, sino con sus pupilas

agrandadas y hambrientas.

Con envidia las mira, a las ventanas,

sus lámparas, sus sombras

ocultas y encendidas.

Porque ella vaga sola, sin lugar y con frío,

y allí, tras los cristales,

se agazapa ese algo

que aún no sabe qué es,

pero que late y vive.

 

Baja la loba al río y mira arriba,

y aúlla a las ventanas

que brillan como soles

y taladran la noche

tan triste de la vida.

¿Quién ama? ¿Cuántos comen?

¿Cómo será la silla?

 

Lame la loba el suelo, y lame las ventanas

encendidas de luz,

y sus pupilas rojas

son un livor de frío.

(De Los cuerpos oscuros)

 

Toda la piel del mundo

Tú los ves ahí colgados, tirados, y dices,

vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías,

lo llevan para meter el pintalabios,

el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas.

 

Pero ellas no olvidan, lo llevan como a un gato,

como al fiel compañero, como su santo y seña,

como su claro ex-libris.

 

Te equivocas si crees, en tu inocencia,

que esa cosa de rafia o de piel beige

sirve para tener a mano el colorete, las llaves, el perfume.

 

Yo la he visto de noche,

esa cosa respira, es una megalópolis,

no está quieta por dentro, es multiforme y crece.

A la hora del pan huele a cerveza,

y cuando está nublado

te puedes encontrar con que ahí dentro

hay una hija, un sol, unas tijeras

de robar rosas rojas.

Ahí, a tres de julio, he visto amanecer los pájaros cantando

y había un abanico para un novio

y una estrella de miel para la madre.

En el rincón azul, las gafas de coser,

las recetas del padre a la fecha de hoy,

la muestra de la tela –preciosa– que le dio el tapicero.

Al fondo la novela, la última, de Doris Lessing

y el bono de 10 horas del gimnasio.

Por ahí pasa un río,

pasa el día, la música, la niebla…

Esa cosa. Mi bolso.

Que va a dar al mar.

(De Cartas de enero)

 

Madre

Y soy yo quien ahora te tiene,

madre mía, a su merced, turbada.

Diminutos tus huesos

y tu piel de ciruela que, si hablo,

se rompe. Enjabono tu vientre

y mis dedos resbalan por tus mustios

pezones y tus nalgas.

 

Madre mía, mi niña, cúmplase

esta rara inversión, y tengamos

tus cicatrices yo, tu corazón mis años.

(De Del color de los ríos)

 

 

Agacharse

Sentir el peso cálido.

Girar

previsora la vista, y saber

que no hay nadie.

Agacharse. Enrollar

el vestido, dejar en las rodillas

la mínima blancura

de la tela, su felpa

y el fruncido que abraza

la cintura y las ingles.

 

Mojar

con el chorro dorado,

tibio y dulce la tierra

tan reseca de agosto, el desamparo

sutil de las hormigas en la hollada

palidez de los henos.

Mezclar

su fragancia espumosa con el verde

vapor denso de mayo, sus alados

murmullos, la espantada

carrera de los grillos.

 

Y en invierno, elevar

un aliento de nube

caldeada, aspirando el helor

de hoja fría del aire.

 

Orinar

era un rito pequeño

de dulzura

en el campo.

(De Fisterra)

 

Publicado en el tercer número de Gansos Salvajes magazine

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