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Deseo de los bosques

Cada verano se cumple mi deseo de volver a los bosques, como quien vuelve a casa, como quien por fin puede volver a respirar el amor elemental en forma de luz y de tierra, de flores raras, de musgo que cubre como un tierno manto los troncos, de helechos que me devuelven al origen, a la belleza salvaje que no necesita más adorno ni explicación.

El verde me acoge, me habla, me acaricia la piel y el alma. Los altos troncos, el mar de hojas frescas, cada pequeño insecto o rana… Todo forma parte de un sistema que respira a un tiempo, que trabaja en una armonía asombrosa de la que me honra formar parte. Porque una vez que pones un pie en el bosque, eres bosque, el bosque te reconoce aunque tú no sepas el nombre de sus árboles, plantas o aves, reconoce el sonido de tus pasos y sostiene tu cuerpo con el mismo amor de una madre. Por tus pies sube la savia compartida desde el subsuelo y va pintando tus piernas, tu vientre y tu corazón de verde esmeralda hasta iluminar tu mirada en una nueva forma de saber o saborear el mundo.

Cada paso deja una huella que el bosque guarda como recuerdo de tu visita manteniendo para siempre en su corazón  tus andanzas. Y el verde, que ha brotado en tu interior, guarda para siempre el deseo de volver.

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